Cuando una mosca me molesta, tan pronto se posa en una superficie adecuada, agarro el matamoscas y sin contemplación le propino un raquetazo mortal. No pienso en el sufrimiento que le inflijo durante las décimas de segundo que dura su agonía. Si extrapolamos antropológicamente, podríamos suponer que la mosca es consciente de su existencia y, por lo tanto, en el trance hacia la muerte lamentaría la privación de su vida. Yo tampoco me detengo a ponderar esto. Es decir, soy un sicópata. Un tanto inocuo, lo acepto; después de todo se trata sólo de un insecto.
En la mente del narrador de Memorias de un asesino en serie tampoco tienen cabida consideraciones sentimentales y filosóficas acerca de sus víctimas, en este caso personas. Para él, son como para mí las moscas. Si ellas molestan en algo, no queda más que deshacerse de ellas. En el acto de eliminar ―asesinar― el personaje se libera; encuentra su bienestar.
Para deshacerse de personas-moscas, el personaje utiliza, al menos en el comienzo de sus liberaciones, procedimientos extraídos de la jerga eufemística del castellano: retorcer el pescuezo, matar a palos, volar la raja, saltar la tapa de los sesos, etc. Posteriormente se internacionaliza, viajando por lugares recónditos y asesinando, esta vez, en la mayoría de los casos, para salvar su vida. No diremos más hacia donde se dirige y adonde, finalmente, llega.
Bartolomé Leal ha creado un personaje extraordinario, y por lo tanto una obra excepcional. Por ahí, el innominado narrador dice «Ser un asesino exitoso crea una especie de adicción. Algo como el instinto del lobo y del puma. Cierta necesidad de matar. Pero como no soy un animal, quería seguir matando como arte». Yo discrepo de su raciocinio. A mi dejó la impresión que él se acostumbró a matar como un método de liberación. Tal vez utilizó en el acto de matar procedimientos que desde su perspectiva considera artísticos; pero, me pareció que esta no era su finalidad.
El personaje ―el narrador― no tiene amigos. Su simpatía o afecto por alguien es de corto alcance; no penetra más allá de las capas superficiales de su mente. Sus relaciones amorosas terminan sin trauma sentimental o emocional, simplemente terminan.
En sintonía con su mentalidad de sicópata, desconfía de todos, especialmente de los contadores, quienes, según él son todos ladrones. También, en concordancia con su personalidad, aborrece a la iglesia católica: son todos unos pervertidos. Es cruel, confiesa que fue abusivo con su hermano menor cuando chico. Por último, me llamó la atención el lenguaje del personaje. Tal vez por haber trabajado en una escuela en su juventud, mezcla palabras vulgares con sofisticadas y hasta, de vez en cuando, cita obras literarias.
En resumen, Memorias de un asesino en serie es una novela excepcional. Difícilmente un escritor podría haber creado circunstancias tan asombrosas y un personaje tan coherente. Esta novela es un logro exquisito, aunque, claro, un tanto chocante.
Helios Murialdo.
(Escritor, Biólogo Molecular y Ecologista)


